martes, 24 de marzo de 2009

A 33 años del Golpe http://zonaliteratura.com.ar/?page_id=895


Institucionalizaron el terror bajo la excusa de “combatir la subversión”.
Legitimaron lo que ya estaba haciendo hace años la Triple A, encabezada por López Rega y tantos otros asesinos.
Mataron sin culpa, porque todo estaba tan cristianamente justificado.
Torturaron sin piedad ni tregua, robaron, mintieron, mataron, secuestraron, se justificaron, algunos hasta se arrepintieron (y no lograron que les crean), cumplieron órdenes, ordenaron, ejecutaron.
Los convirtieron en desaparecidos. Ellos, los convirtieron en desaparecidos. Un término tan gris, tan triste, tan nada. No estar, no existir, no ser, habiendo sido tanto y tan poco a la vez.
Entonces, cómo hacer después de treinta y tres años para avanzar sin ser recurrente. Cómo continuar la vida, después de tanta muerte. Cómo mirar hacia delante, si todavía no se hizo justicia, si todavía siguen durmiendo en paz consigo mismos, teniendo la certeza de haber hecho las cosas bien.
Creo que lo peor es no saber qué pasó. Digo, no saber a ciencia cierta qué pasó, sino imaginarlo. Imaginar lo que sintieron, lo que pensaron, lo que todavía seguía valiendo la pena, mientras los tenían en los centros clandestinos de detención.
Los que lograron escurrirse del calvario, fueron el parámetro de lo que ocurría en el infierno, pero los que jamás volvieron… cómo saberlo. Tantos hijos sin padres, padres sin hijos, abuelos sin hijos ni nietos, tantas personas que quedaron solas, conviviendo con el recuerdo de lo que quedó de ellos, con lo que ahora llaman “memoria”. Imaginando que no murieron, inventándoles un destino mejor del que seguro tuvieron, por el horror de pensar lo que esos asesinos fueron capaces de hacerles. Eternizarlos jóvenes con ideas e ideales tan firmes que se animaron a pensar que un país mejor era posible.
Esa sería una opción, válida, salvadora. Útil para evadirse de tanto dolor, reconfortante. Inventarles otro destino.
Serrat diría “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”. Eso tiene sentido si situamos al concepto de verdad en contraposición con el de mentira. Pero estas verdades son tan desgarradoramente tristes y sin remedio, que duelen.
El camino que conduce a alivianar la carga es largo, difícil, burocrático, pero necesario. Para quienes su identidad fue cambiada, para los que todavía buscan sin cansancio, para los que necesitamos creer que la justicia los va a alcanzar sin piedad, aunque ya estén viejos y decrépitos, no importa. Pero que no tengan paz, que sepan, que los condenamos para siempre. Que jamás los vamos a perdonar. ASESINOS. TORTURADORES. LADRONES DE BEBÉS. CRIMINALES. No malgasten su maldito tiempo en rezar, ningún Dios puede serles misericordioso. No aleguen obediencia debida, acá no hay punto final. Atentaron contra la vida, eso no lo vamos a olvidar. Nunca más. Nunca más. Nunca Más.

Fer

3 comentarios:

  1. Excelentes, conmovedoras y verdaderas las palabras escritas por Nanda.
    A 33 años Ni olvido, ni perdón. Nunca más

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  2. Excelente texto, Nanda, y en el tono exacto; sin una voz panfletaria, con todo el peso de la razón de quien reclama Justicia.
    En un párrafo te preguntás "Cómo mirar hacia delante, si todavía no se hizo justicia" y creo que pasó algo aun peor: se deshizo justicia. Porque los militares responsables fueron enjuiciados en un proceso único en la historia de América Latina y fueron condenadas. Pero la legítima condena de los jueces fue tirada a la basura por los indultos firmados por el ex presidente Menem, con el increíble argumento de que pacificaría al país.
    Si los genocidas están en sus casas, cualquier ladrón, estafador, asesino o violador se creerá con derecho a recibir igual perdón. La pacificación se logra con Justicia. Y con los culpables cumpliendo sus penas. No por repetida la frase pierde valor: "Ni olvido ni perdón".

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  3. Buceo en tu casa virtual. No le temo mucho a comentar tarde, a leer a destiempo, a no entender. Al cabo siempre llegamos tarde, siempre conocemos a destiempo, nunca entendemos.

    A veces parece que escribieras como simple descarga, para quitar tu enojo con el colectivero, con la señora del almacén, con vos misma. En cambio, cuando toca un texto así, delineado en vez de arrojado, lo reconozco en el primer párrafo. Y me acomodo mejor en la silla, y compruebo que no haya tanto ruido, y leo.

    Creo que sentiste lo que escribiste, que pensaste antes de escribir, que lloraste antes de pensar: quizá por eso me gustó un montón.

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