martes, 31 de mayo de 2011

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa

Entre limpiar y cocinar, verbos infinitivos de igual terminación, elijo el primero, sin lugar a dudas. La limpieza está en el top ten de mis obsesiones y, obviamente, nadie en el mundo limpia mejor que yo.
La cocina, sin embargo, no es mi punto fuerte. Cualquiera cocina mejor que yo. Aunque quizás esté subestimando mi capacidad culinaria, porque cuando, muy de vez en cuando, cocino, sólo recibo halagos.
El otro día hice canelones para un batallón; preparé el relleno, los panqueques, compré salsa blanca en polvo que mágicamente se convirtió en una muy similar a la que hacía mi mamá, casera. Todos comieron encantados, sonaban las palmas al grito de “un aplauso para la cocinera” y por un instante, sentí que era Francis Mallmann a la orilla del Nahuel Huapi.
Como suele pasar en estos casos, la prueba de fuego son los niños, a quienes generalmente nada les gusta. Bueno, en esta ocasión, hasta ellos vaciaron sus platos, y con la panza llena y el corazón contento, prepararon su ya famoso “show”. Aquí empieza lo interesante.
Mis sobrinos y mi hija (recientemente integrada al elenco artístico) suelen preparar números musicales y/o actorales para el placer del público presente, es decir, nosotros. La previa del show es genial, verlos ensayar, darse órdenes, ponerse cada uno en su rol y creérselo es maravilloso.
El problema surge justito después de la presentación; les agarra una especie de pánico escénico y todo termina siendo un fiasco. Se pelean, se fuga el baterista, la cantante no canta y el guitarrista no guitarrea. Un chasco. Piden otra oportunidad y se la damos, siempre. Cómo negársela.
El día de los canelones no fue la excepción; se juntaron todos en la habitación, y ensayaron a puerta cerrada. Un misterio. Repartieron entradas y anunciaron el horario del evento. Sin que yo supiera, me designaron cantante y así salieron detrás de las cortinas, con caras de estrellas pop.
Yo los miraba sentada, mientras Mati se alimentaba con toda la intención de exprimirme cual naranja para jugo. El show hubiese sido un robo, de haber pagado entrada. Tuvieron que soportar alguna que otra servilleta hecha bollo a modo de protesta del público y eso fue todo.
Al rato, volvieron, indignados, con un cartel que decía textual: “FUE POR LA TÍA”. Lo levantaban más alto de lo que sus bracitos le permitían y lo señalaban como queriendo lograr que el mundo se enterase quién había sido la culpable su fracaso actoral: Yo, quien escribe.
Más indignada que ellos, les dije: nadie me avisó que yo era la cantante! In jus ti cia! Y ahí relacioné todo: mejor me dedico a la limpieza, a estas criaturas, mis canelones les pegaron mal.

Fer (I´m back y fui canelón)

4 comentarios:

  1. La cocinera mereció cada aplauso que recibió, algo inversamente proporcional a la actuación de los pequeños. Igual, para los music-kids pido "Otra oportú nidad, otra oportú nidad, otra oportú nidad..."

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  2. Extrañaba este blog, cada anecdota, cada nueva palabra!
    Muchas gracias por tu regreso :)

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  3. ¿Qué pasó con los pequeños que le echaron la culpa a la tía shey? Que esos niños se pongan las pilas!!!!!!!!!!!!!!!

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  4. Hola

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