jueves, 3 de junio de 2010

Lara la empacada


Ella me dice “soy un pez”, mientras nada en su mar imaginario, que en realidad es una bañadera de bebé que ya le queda chica.
Ella me sonríe desde esas profundidades con olas inmensas, pone caritas, hace ojitos, se ríe y en su aleteo, me empapa. Ya no necesita que yo la sostenga de los brazos para no hundirse, sólo que la observe, para sentirse segura. Y ante cada un ya está mío, hay veinte un ratito más de ella. Entonces, cuando se agota la espera y una toalla con capucha la envuelve, le pinta la ciclotimia femenina y el dulce pececito que hace unos segundos nadaba apacible, se transforma en un león furioso que compensa la falta de garras con patadas desquiciadas; divina la nena.
Es en ese momento cuando más vulnerable me siento. Porque el límite de perder la cordura es tan finito, tan invisible.
Y me propongo, ejercitar la paciencia como un aprendiz de buda, sacar a relucir mis mejores estrategias de madre con dos años y tres meses de experiencia y sonar convincente.
Y después de practicar y practicar, me convertí en experta contadora de cuentos cantados, puedo dar cátedra de psicología inversa, hacer mil cosas al mismo tiempo, abstraerme del sonido y convencer a un ateo sobre la existencia de Dios. Puedo controlar las situaciones y mis emociones. Lo puedo hacer. Lo puedo hacer. (Aplausos)
Pero cuando son las doce de la noche y ella sigue dando vueltas, con la energía de las dos de la tarde, cuando le digo que coma y me pide el postre, cuando la cambio y llora porque no quiere esa remera, cuando me contesta desafiante y me deja muda, cuando hace todo eso, trato de recordar lo buena que era contando cuentos, las cátedras que daría en psicología y en abstracción del sonido, y la mente se me pone en blanco y un sonido gutural sale de mi interior porque la criaturita agotó mi paciencia.
Entonces ella llora y a mi me da pena que llore y trato de dejarla un rato más, pero no puedo porque me mata la culpa, y la agarro y sin decirle nada le acaricio el pelo y la cara y le seco las lágrimas y la beso. Y ella, Andreita del Boca en pinta, me mira sonriente, me pregunta si ahora estoy contenta, e imitándome la voz me dice: Lara, si ya mismo no te vas a la cama, mamá se va a enojar y se pudre todo!
Ahí es cuando todo vuelve a empezar…

Fer (Larita comé, Larita bajate de ahí, Larita no hagás cagadas, Laritaaaaaaaaaa)

4 comentarios:

  1. Hermosa crónica... resume cómo día a día una madre acompaña el crecimiento de su hija... ojalá que "mamá no se enoje así no se pudre todo"

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  2. te entiendo tanto primita ! ja yo ya agote la psicologia( bah a medias) saco un cinto y con la cara de la mas mala del mundo y una voz horrenda digo 1, 2, 3 y doy 3 cintarazos fortisimos al piso o 1 pared( bien montessori, ja) el ruido les da miedo y quedan petrificados!!! por unos instantes...y todo vuelve a empezar...ja sofi pide por favor, llorando (bien a lo tia Shey), q no l pegue con el cinto aunq jamas les toq 1 pelo!!! con el cinto...ja

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  3. Hermoso relato Fer, pones en palabras lo que muchas vivimos a diario!!
    Paula después de que la reto por dibujar la pared me dice: " No dijuja pared mamá, dijuja papel!" y dos minutos mas tarde, la veo dibujando la pared otra vez...

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  4. Yo ya llegue al punto de leer de Pe a Pa un libro que se llama La Maternidad y el encuentro con la propia sombra, de Laura Gutman, es muy bueno, se los recomiendo, me ayudo mucho para encontrar la clave en algunos momentos y no matar a Juli... Ahora entre nos, les aclaro que son más las veces que tengo ganas de pegarle con el libro en la cabeza q las veces q lo logro aplicar.... cuack :)

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